Por Camila Cerón Pereda y Nicole Baeza Velásquez
Docentes de la carrera Terapia Ocupacional UST
Santo Tomás Osorno
Cada vez son más los niños y niñas que enfrentan desafíos para participar plenamente en la vida escolar. Más allá de los diagnósticos, esta realidad nos invita a mirar con mayor profundidad cómo los entornos educativos están respondiendo frente a la diversidad de formas de aprender, sentir y convivir en el aula.
Como terapeutas ocupacionales, hemos observado un aumento sostenido de niños y niñas con diagnóstico de Trastorno por Déficit Atencional e Hiperactividad (TDAH). Uno de los principales desafíos se relaciona con la inquietud motora dentro del aula, impactando directamente en su participación en actividades escolares.
Sin embargo, esta necesidad de movimiento no es exclusiva de la infancia. Como seres humanos, estamos diseñados para movernos. El aprendizaje no es solo mental, también es corporal. A pesar de ello, los sistemas educativos y laborales continúan organizándose en torno a la quietud, como si aprender, concentrarse o producir implicara necesariamente estar inmóvil.
Las personas neurodivergentes niños, niñas y adultos, se desenvuelven en entornos diseñados bajo lógicas neurotípicas: jornadas extensas, multitarea constante y escasa flexibilidad. En este contexto, situaciones cotidianas como clases o reuniones prolongadas, ruido, interrupciones o instrucciones ambiguas van acumulando carga mental, generando un desgaste sostenido. En personas con TDAH pueden aparecer desafíos como la dificultad para iniciar tareas largas, la pérdida de noción del tiempo o la distracción. Sin embargo, también emergen fortalezas como el pensamiento ágil, la creatividad, la capacidad de respuesta en situaciones urgentes y la energía para iniciar proyectos.
Entonces, ¿Es la inquietud un problema a corregir o una señal del cuerpo buscando autorregularse? ¿Cuántos adultos mueven una pierna bajo la mesa, cambian de postura o necesitan pausas para volver a enfocarse? Tal vez no estamos frente a desafíos individuales, sino ante entornos que aún no logran acoger la diversidad.
Es aquí donde la Terapia Ocupacional cobra un rol fundamental. Más que promover la adaptación a entornos rígidos, nuestra labor apunta a transformarlos. Porque participar no es solo estar presente es involucrarse, aprender y sentirse parte de su lugar de trabajo o colegio.
Más que cuestionar lo existente, este escenario nos invita a avanzar. A veces no se trata de grandes transformaciones, sino de generar estrategias concretas como dividir tareas en pasos pequeños, utilizar bloques de tiempo, reducir estímulos ambientales, priorizar mediante listas claras o incorporar pausas durante la jornada puede disminuir significativamente la carga mental. Asimismo, integrar el movimiento mediante asientos dinámicos, estaciones de trabajo flexibles o la posibilidad de alternar entre estar sentado y de pie favorece tanto la concentración como el bienestar.
En el marco del Día de la Terapia Ocupacional, celebrado el 5 de abril, es fundamental relevar el valor de nuestra profesión en la promoción del derecho a participar. Porque participar no es un privilegio, es un derecho. Y cuando ese derecho se garantiza, el bienestar deja de ser una meta lejana para convertirse en una experiencia cotidiana.









